El día da inicio con las primeras luces, escucho a mis compañeros de dormitorio desperezar sus cuerpos y salir de las camas, alguno va por una ducha, otro comienza el día con su rutina de yoga, otros simplemente vamos a la cocina en busca de café.
Son las 5:30 am, y el calor en Punta Morales todavía no se hace presente, la mañana es fresca.
A poco distancia, en el aire de la mañana se levanta el inmenso esqueleto de madera del Ceiba, el velero para transporte de carga que se construye aquí en Astillero Verde.
Popa del Ceiba

Lynx de pie sobre la base de la popa del Ceiba.

He venido por apenas tres semanas para colaborar  nalizando un video que resume el año de trabajo.
Me he acoplado a la rutina diaria, ya he sido incluido en el chat de Yardies, el nombre con que se conocen a sí mismos los habitantes del astillero.
Los Yardies son una tribu de múltiples nacionalidades, las conversaciones ocurren en francés, inglés, español, y a veces una mezcla de todo.
Muchos de ellos vienen de países con tradición marítima, otros han llegado aquí por curiosidad, ese es el caso de los ticos como yo.
Me interesé por este proyecto ya hace un par de años, cuando se colocó la quilla del Ceiba, la columna vertebral de la que brotan las costillas que dan forma al casco.
Para mí esta es una historia de viajar contra corriente. Un barco a vela en la era de los grandes buques transoceánicos es una declaración de principios, una forma de resistencia a los ritmos vertiginosos del mito de una economía en crecimiento permanente.
La construcción del barco está llena de contrastes, grúas de poleas conviven con motosierras, un torno eléctrico junto a la fragua del herrero.
Si uno habla con Lynx, uno de los fundadores del proyecto, te contesta que estas prácticas son parte del alma del barco, izar las enormes costillas en equipo, tallar la madera, se trata de una relación diferente con los materiales y crear algo a partir de ellos.
Toda la vida en el astillero me devuelve dinámicas más simples, cumplir con el trabajo diario, compartir con los demás.
Hay algo eterno aquí, una empresa colectiva, un esfuerzo del cual sentirse parte. Así fueron levantados los grandes templos de piedra, así comenzamos a explorar el planeta y miramos hacía las estrellas.
No es raro que el interior del barco recuerde una catedral, es un templo para surcar las aguas.

Lynx Guimond, fundador de Sail Cargo.

UN PUEBLO PEQUEÑO
Hacemos sobremesa después de la cena, algunos juegan ajedrez y otros leemos.
En el extremo de la larga mesa de madera un grupo habla de sus experiencias navegando y trabajando en otros barcos. En la conversación participa Logan, como mucho tiene veinte años, doble nacionalidad, creció en Costa Rica y ha trabajado en Holanda construyendo barcos más pequeños.
Las historias que cuentan evidencian amigos en común y encuentros en lugares distantes entre sí.
Logan lo resume en un sola frase:
“La comunidad de constructores de barcos es un pueblo
pequeño, que cubre todo el planeta.”
A este pueblo se ha unido un nuevo grupo de ticos, la mayoría son de la zona de Punta Morales, una comunidad que sufre el abandono histórico del gobierno central como casi la totalidad del litoral costarricense.
Algunos llegaron por trabajos puntuales y terminaron convirtiéndose en planilla permanente.
Esa es la historia de Pancho, vino a soldar la estructura metálica del astillero y ahora trabaja en el aserradero. Me cuenta esto entre risas y se siente orgullo en sus palabras.

Pancho, soldador y constructor de barcos.

Por efecto de la pandemia también han llegado algunos amigos de la zona alta de Monteverde.
Trabajadores en altura, guías de canopy, asistentes de investigación, el cierre de las fronteras y la caída del turismo los ha obligado a desplazarse.
Pero mi historia favorita es la de Yamileth, vino con otras mujeres de la zona a trabajar en limpieza, y le pareció más interesante el trabajo en el aserradero.
La primera vez que la vi, ella y Pancho sacaban tablones de grandes tucas de madera con una motosierra. Unas semanas después estaba siendo entrenada junto con otros aprendices, en la construcción de barcos.

Yamileth trabajando la madera.

Tengo la sensación que la población del astillero podría dividirse en dos tipos: los marineros y constructores de barcos profesionales, y las personas que han llegado aquí por las corrientes de la búsqueda y el azar.
Nico me parece un ejemplo perfecto de lo primero, de origen francés, es el responsable de los detalles estructurales en la proa del barco. Podría colocarlo en el puerto de Marsella a  nales del siglo XIX y no parecería fuera de lugar.

Nico trabajando en la estructura de proa.

El segundo tipo lo veo en Russel, maestro chocolatero devenido en constructor de barcos, e ingeniero metalúrgico.
Estas historias no deberían parecernos extrañas, el mar y sus o cios siempre han estado asociados a la posibilidad de reescribir el relato personal.
Russel, maestro chocolatero, ingeniero metalúrgico, constructor de barcos.
Russel, maestro chocolatero, ingeniero metalúrgico, constructor de barcos.
EL ALMA DEL BARCO
Es la celebración del segundo aniversario desde que se colocó la quilla del Ceiba, y los Yardies organizan un show de talentos.
Estamos todos ante un escenario improvisado al pie de la popa del barco.
Da comienzo un des le heterogéneo: una pequeña obra de teatro, danza del vientre, un poema rimado, notas de blues, hip hop, canciones que nunca he escuchado antes.
Ville, el ingeniero naval finés, nos comparte algunas de las palabras más largas en su lengua materna, y dice: 
"Mi talento es hablar finlandés."
Reímos y le pedimos más palabras, como si fueran canciones.
Yo me animo y subo al escenario a leer un cuento corto.
La noche da paso al ritmo de la salsa y damos inicio al baile.
Después de un rato necesito descansar. Camino unos pasos y miro la celebración desde lejos, me pregunto:
¿Cómo conviven tantas personas de lugares diferentes de una forma tan estrecha?
No tengo una respuesta para eso. Existe un sutil equilibrio de fuerzas, como el de las velas que mueven el barco sin desgarrarse por el viento.
Un velero es una criatura en simbiosis con sus tripulantes, es un sueño de madera y viento, que se mueve por la voluntad colectiva.
PARA CONOCER MÁS DEL CEIBA
Esta crónica personal fue realizada de forma paralela a una colaboración para La Voz de Guanacaste.
Si te interesa conocer más sobre Sail CargoAstillero Verde, y el Ceiba, podés visitar el reportaje: Los vientos del Golfo de Nicoya impulsarán un barco de madera cero emisiones.
JP MONGE
Lo mío es contar historias, en fotografía, video o por escrito.
Soy fotógrafo documental, director de cine, escritor y docente.
Mi trabajo se ha publicado y exhibido en varios países, a veces me han premiado y a veces no.
Vivo en Monteverde, el bosque nuboso de Costa Rica.
Aquí comparto mis inquietudes, las cosas que aprendo y las cosas que amo.

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