Fue del maestro Francisco Mata que escuche decir que a veces lo más importante es lo que queda por fuera de la fotografía.
Encuadrar es un ejercicio de eliminación y selección de la realidad. Decidimos qué mostrar a los otros y qué excluir de nuestro relato visual.
Los últimos días he tenido un activo intercambio en redes, producto de un comentario que realicé a uno de esos contenidos que aparecen por azar en la pantalla.
Era un video que hacía referencia a un libro de fotografías titulado La Vida de Tippi.
Yo ya había conocido ese material de forma fortuita en el aeropuerto de Johannesburgo. Son imágenes de una niña de rasgos europeos que viste un taparrabos. En las imágenes interactúa con animales de la fauna africana y con miembros de tribus de bosquimanos.
Mi apreciación personal: no me gustan esas fotos. Me parecen de gusto como mínimo dudoso. Las asocié con esa estética tan particular de los años setenta del siglo pasado. Después descubrí que fueron realizadas en los noventa, que la niña y sus padres son franceses, que viajaban y vivían en los países del sur del continente africano por aquellos años. Pero esto no son más que datos duros y una opinión estética subjetiva.
Hay algo más que me produce ruido. El protagonismo de la niña, disfrazada con retazos de ropa animal print, jugando con animales supuestamente silvestres, y compartiendo con los pobladores originales de la sabana.
Me hace ruido porque hay una relación de poder ahí. Si el libro fuese un trabajo sobre las infancias en parajes salvajes yo podría conectar con el contenido, pero lo que encuentro son imágenes que representan una visión eurocéntrica y exotista del entorno africano.
¿Por qué nos parecen especiales estas imágenes de una niña europea en el entorno africano? ¿Respondemos igual cuando los protagonistas son niños de etnias que forman parte de comunidades ancestrales?
Esta fue más o menos la opinión que vertí en las redes, que para bien o para mal abrió un espacio de intercambio, algo que agradezco porque me ha permitido pensar sobre todo aquello que depositamos en las imágenes, más allá del contenido simple.
Por eso voy a apartarme de las fotografías mismas, para tratar de pensar más sobre la forma en que consumimos y leemos la imagen.
Para esto quiero hacer primero dos salvedades para no ser mal entendido.
No crítico ni la experiencia, ni a la infancia protagonista de las imágenes. Me parece que debe haber sido una experiencia enriquecedora sin duda.
Tampoco crítico la intención narrativa detrás. Supongo que los padres deciden producir este contenido desde el afecto, poniendo relevancia en la relación de la niñez con el entorno y la fauna. Todo eso es hermoso, pero las formas también hablan.
Nos gustan las historias de retorno al paraíso perdido, especialmente cuando el discurso público nos hace dudar del futuro. ¿Pero realmente existe ese paraíso perdido? El discurso conservador nos quiere hacer creer que sí, pero cuando ampliamos un poco el encuadre encontramos el montaje que sirve de sostén.
Cuando vemos imágenes de personas interactuando con fauna “silvestre” es casi seguro que se trata de animales en cautiverio, amaestrados, privados de su libertad. Ahora la fotografía ya no es tan idílica.
Igual podemos preguntarnos sobre el consentimiento de las personas retratadas en las fotografías. ¿Se pide permiso a las personas de etnias originarias para hacerles fotografías? ¿Se les pide permiso para fotografiar a sus hijos? ¿Se informa adecuadamente del alcance de esas imágenes?
Sé que en los últimos años nuestras prácticas han mejorado mucho.
También sé que en contextos de la práctica periodística entran a jugar otras reglas. Pero nunca deja de jugar la regla de la dignidad humana.
Una cámara al cuello no es un salvoconducto para disponer de la privacidad de los demás.
Esto despierta en mis colegas reacciones muy variadas. En hora buena, es necesario tener estas conversaciones.
Y una de estas conversaciones complicadas es dejar de romantizar la experiencia de las personas blancas en el sur global.
Comprendamos que el mensaje varía dependiendo de quien lo emita.
Por lo general todos tomamos parte de algún tipo de privilegio, por género, por clase social, por orientación sexual, por nuestra procedencia.
No somos culpables por ello, pero como mínimo debemos tratar de identificarlos y desde ahí modular nuestro discurso.
Mi propia subjetividad afecta mucho en mi valoración de las imágenes que representan infancias, y las que me han servido de excusa para escribir este texto, tocan muchas de mis dudas.
Decidí tener hijos desde el momento que cambie el bosque por la urbe, y me garantice poder criarlos en este entorno. También he puesto a mis dos hijos en el centro de mi producción creativa. Las fotos de Tippi me deberían resonar, pero por el contrario me hacen cuestionar mis límites como padre en relación a sus derechos y propia privacidad. Un poco aquella voz de la sabiduría popular: “Los hijos son prestados”.
Lamento jugar al aguafiestas cuando se trata de imágenes idílicas, pero si el paraíso perdido se basa en la opresión y silencio de otros, quizá habría que darle la espalda al jardín del Edén.
Pensé ilustrar este texto con alguna imagen de megafauna africana. Pero me decidí por esta danta mesoamericana, menos impresionante quizá, pero realizada junto a mi hijo en los bosques de Bijagua.